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DIARIO DEL SAHARA DE UN RE-ENGANCHADO




























DIARIO DE VIAJE



Viernes 25


Quedamos buenamente a las 8:00 en Arroyomolinos, en casa de Santi-ago y Toñi y tras recorrernos todos los nombres de calles de la urbanización dimos con la de nuestro interés. Se realizaron los saludos varios y las presentaciones diversas y tras apañar las bicicletas en la furgo de Jose-te nos pusimos en marcha hacia Aranjuez, donde nos juntaríamos con Alexandros que le traía Nanotrón de hacer el moñas en las fiestas de su pueblo.

Venía Alexandros algo alicaído y a pesar de ser el único día que podría disfrutar de ponerse delante del toro no lo hizo, pues conoció maja y simpática mujer que le aleló y le llevamos algo místico todo el viaje, hasta que pudo más en él el espíritu bereber y ya, musulmán el chico, se adaptó bien y se portó con corrección.

Viajamos hasta Marbella, donde sobre las 15:00 horas y como preludio de mal agüero para experimentados especialistas en orientación, nos perdimos para llegar al chiringo donde Rapier nos había reservado un arroz y eso que por uno de los lados no había nada porque estaba el mar. ¿Si nos perdíamos en Marbella que sería de nuestros tocinos en la inmensidad del desierto que todo es igual pregúntome embelesado? ¡Acabáramos!

Tras pimplarnos la paella de rigor acometimos los últimos kilómetros hasta el puerto de Algeciras y embarcamos en la piragua de las 20:00 horas pues mi carrera y gran sudada para tramitar las tarjetas de embarque no dio su fruto y perdimos el buque de las 19:00.

Tras 3 horas de travesía donde en popa vimos como los delfines nos acompañaban y nos hicimos unas fotografías junto a la sucia y rota bandera Marroquí que ondeaba en el buque, reajustamos nuestros relojes dos horas para adaptarlos a territorio zulú y pisamos África 20 globeros ilusionados con descubrir muchos África por primera vez. Hicimos los trámites aduaneros y nos dirigimos al hotel, negociamos un guardacoches que nos los plantó encima de la acera como quien no quiere la cosa, entre la multitud de gente que paseaba por Tánger, dejamos los cachiperres, cenamos, dimos el parte de deterioros de las habitaciones y nos fuimos a pasear por la ciudad que en agosto tenía gran movimiento. El grueso del pelotón se quedó bebiendo en un antro y JC Blazquez y yo acompañamos a las chicas a la medina que querían callejearla y no era buen sitio para unas globeras solas.

La medina, llena de callejuelas era un laberinto y tras adentrarnos por algunos de sus recovecos decidimos salir, pues la pérdida es fácil y cuesta mucho encontrar la salida una vez metido en ella.

Dormí poco y me pasé la mayor parte de la noche en la ventana, donde tenía a la vista los coches y me entretuve viendo como el guardacoches se esmeraba en apartar a los curiosos de ellos. Tuvo también que intervenir en alguna pelea de un cojo que se liaba a muletazos con un macarrilla bereber y recibir un par de bodas que llegaron al hotel. Una nochecita toledana entre las pitadas de las numerosas bodas, los colocones del personal y los trasiegos de putillas e intercambios de costo que había en los alrededores del hotel.

Escuché al imán soltar sus plegarias y con un par de cabezadas más me duché y me fui para los comedores donde los globeros irían apareciendo enlegañados pero ilusionados ante nuestro primer día en África.

Sábado 26


Al amanecer, obedientemente se levantaron todos los globeros, excepto un par de lirones que se quedaron enganchados en la sábana y desayunamos con la idea de salir sobre las 7:30 hacia Casablanca. Llegamos a la ciudad de Sam y Bogart , Humpfrey para más señas y como habíamos perdido la visita guiada de la una, convinimos en prepararnos la comilona por todo el morro en los exteriores de la gran Mezquita tocha ella donde las haya y comer haciendo tiempo hasta las dos que era la siguiente visita de la mezquita. Asín que nos sacamos todos los trastos, incluida la bota vino y nos preparamos un picnic ante las atónitas miradas de los mozárabes.

Por la noche llegamos a Marrakech, una caótica ciudad donde se puede decir que la conducción es la misma de los cochecillos de choque pero normalmente sin impacto y sin meter ficha, todo el mundo zigzagueando, buscando huecos y haciendo sonar sus bocinas solo por gusto, no por protesta, es algo como en España cuando nos sacamos los mocos en los semáforos, allí tocan el claxon por hacer algo y mantenerse ocupados. Allí Joteli descubrió su faceta musulmana y su lado oscuro y se esmeró en sacar de la calzada a todo lo que tuviera ruedas y matrícula magrebí mientras gritaba ¡Soy uno de los vuestros! ¡Soy musulmán! ¡Esto es la caña, como mola! Decía mientras pegaba volantazos a diestro y siniestro sacando marroquíes de la calzada.

En la plaza de Jmaa el Fnaa (plaza de los difuntos) nos gestionamos un meritorio que nos vigilara los coches en un lugar prohibido donde antes convencimos a la policía para que nos dejara una horita y cogimos un guía que nos encontramos por allí. No era buen guía porque aunque era atento y cortés y se esmeraba en explicarnos todo, era de tamaño pequeño y se nos perdía entre la multitud, así que el pequeño guía cogió como referencia a Joteli y éste andaba, el guía le seguía, y nosotros tras ellos. Una vez visitado el zoco con su multitud de tiendecillas, tascurrietes y sus farmacias de esencias como el almizcle y otros ungüentos, nos dio tiempo a ver algunos de los corros que en esas noches mágicas de Marrakech se forman como los adivinadores, los niños boxeando, los contadores de cuentos que no entiendo como todavía hay alguien que les escucha con la brasa que dan, las tatuadoras de henna y los coloridos y desdentados aguadores.

Soltamos a nuestro guía, le pagamos los 30 Dh (3 euros) estipulados por acompañarnos y que supongo se repartiría con joteli, pagamos al que nos oteó los coches y nos fuimos al hotel a cenar no sin antes dejar a Joteli disfrutar de la conducción loca y alborotada de Marrakech.

Después de cenar nos bañamos en la piscina y nos entregamos al alcohol y sus misterios que ya teníamos ganas, pues convinimos no beber alcohol durante el día por la peligrosidad de las carreteras en África, que obligan a estar al cien y no tener descuidos.

Andresvizi acabó seriamente perjudicado y se fue con algunos que todavía tenían fuerza y ganas para volver a la plaza y seguir su mágica noche.


Domingo 27


Amaneció globeramente pronto y fuimos al puerto del Tizi Tichka en el corazón del Atlas, para comenzar nuestra primera ruta en pedalines. Allí se nos echaron encima los vendedores de pedruscos que te entran pidiéndote una aspirina y cuando se la das te dicen que en agradecimiento te acerques a su tienducha que te van a hacer un regalo. El regalo en sí no se trata de otra cosa que de descargarte de peso los bolsillos y limpiarte de dirham mayormente vendiéndote piedras como las que hay por el suelo pero que te evitas el agacharte tú a cogerlas..

Cuando nos los quitamos de encima y tras encargar a uno de mis amiguetes de anteriores viajes que nos vigilara los dos coches que teníamos que dejar por no poder meterlos en pista, emprendimos nuestra primera ruta en bicicleta. Tras 15 o 20 km. llegamos a una aldea donde nos habían prometido los vendedores de piedras que había gasoil. Preguntamos por la gasolinera que era una casucha donde tenían bidones pero el operario que volcaba los bidones se había ido a rezar, así que nos agenciamos una goma y sacamos carburante de los coches para llenar el mío que andaba escaso.

Hicimos 80 km. de ruta de alta montaña, entre desfiladeros y verdes valles que contrastaban con la dureza de los riscos del Atlas. La dificultad del terreno hacía que fuésemos más rápidos con las bicicletas que con los todoterrenos y algún coche se quedaba muy rezagado por lo que hacíamos paradas de agrupamiento de vez en cuando. Uno de los coches pinchó y se quedaron las chicas solas e incomunicadas hasta que un francés que andaba merodeando por allí se ofreció a hacerlas el cambio de rueda y pudieron salir.

Se nos metió la noche y tuvimos que hacer 20 km en la oscuridad. Pasábamos pequeñas aldeas en las que solo veíamos a nuestro paso el brillo de los ojillos de las gentes que descansaban en las entradas de sus casas o tirados por algún lugar. Ya sin posibilidad de que nos dieran de cenar en el hotel, nos quedamos en una siniestra gasolinera donde mientras algunos fueron a por las furgonetas que habíamos dejado al cuidado de los vendedores de minerales, los demás montamos el chiringo encima de los depósitos de combustible y donde nos encendimos nuestros camping gas y Chelo la valenciana se encendió un pitillito como quien no quiere la cosa, hasta que el gasolinero con los pelos como púas y al borde del colapso propiamente dicho vino corriendo a hacernos apagar todo por peligro de explosión inminente y que nosotros ni él deseábamos.

Llegamos tarde a Ouarzazate y para no andar de tolays dando vueltas por la ciudad cogimos un pequeño taxi que nos guió hasta el hotel donde tras dejar los equipajes nos dimos un baño en la piscina y nos tomamos unos lingotazos de orujo y comentamos el día.


Lunes 28


Me levanté pronto, a las 6 y me fui a dar una vuelta por la ciudad y despertar a algún meritorio que nos reparara la rueda del vehículo de Santiago que tenía severa raja. Enseguida localicé un pequeño taller y como suponía, dentro estaba el mecánico durmiendo la mona, le desperecé y le dije que se quitara las legañas que en una hora le llevaba el coche. Me fui a dar una vuelta por la ciudad donde tras el mercadillo del día anterior, se encontraba muy sucia y con todos los mercaderes tirados por el suelo durmiendo pues o no tienen casa o prefieren no desmontar el tinglado y se quedan entre la mierda que ellos mismos esparraman durmiendo unas horas.

Era una ciudad fantasma donde la suciedad y la gente tirada por la calle durmiendo hacía pensar que había pasado por allí el ejército americano y los había barrido a todos.
Sobre las 8 desayunamos y fuimos a reparar la rueda con un apaño marroquí que no nos ofrecía muchas garantías, pero nos valdría como rueda de repuesto.

Teníamos 120 kilómetros de carretera hasta el inicio de nuestra segunda ruta. Llegamos al puente que debíamos de cruzar para iniciar la ruta a Zagora por el fértil valle del Draa que riega los palmerales y huertos del personal. Dejamos la furgoneta y la Kangoo en la cuneta bajo la vigilancia de dos chiquillos a los que prometimos cuando regresáramos a por ella por la noche unos dirham. Allí se quedan sus diez horitas mirando el horizonte hasta que volvamos pero para ellos es una misión importante pues nada tienen que hacer y luego pueden llevar unos dirham a sus familias.

Hacía mucho calor, dudábamos de llevar el rumbo correcto pues la ruta se separaba bastante de la ribera del Draa. Una vez resueltas nuestras dudas, cuitas y titubeos seguimos camino y nos encontramos con un regordete que nos informó que nos quedaban 22 Km. de ruta a Zagora. Pocos me parecían pero en fin. Avanzamos unos kilómetros más y cuando calculamos que nos quedaban 6 o 7 km. según las informaciones del gordinflón, paramos a comer a la sombra de unos cultivos que por su altura nos daban protección junto al camino. Desplegamos toda la artillería y nos dimos un buen festín.

Seguimos haciendo Km. y cuando ya llevábamos holgadamente más de los 8 calculados preguntamos a otro y nos volvió a decir que nos quedaban 22 Km. ¿solo saben ese número? Nos vinimos un poco abajo y hubo que levantar ánimos pues ya estábamos cansados y pesados por la comida y no contábamos con ese extra que nos había endilgado el segundo al que preguntamos. Preferimos ya no preguntar a nadie más para poder acabar la ruta, no fuera que nos siguieran quedando 22 Km.

El agua estaba intomable a más de 50 grados pero no teníamos otra y a todo te acostumbras. Los vehículos nos iban dando apoyo extendiéndose entre el pelotón y asistiéndonos con bebida y ánimos.

Volvimos a pasar por encima del Draa y aprovechamos alguno a darnos un baño en él tras ver como Ender tiraba su bicicleta y como siguiendo una llamada del más allá puso la mente en blanco y caminó hacia las aguas, que no sobre ellas y quedó en remojo cual garbanzo. Algunos le seguimos y al final nosotros éramos lo que estábamos en el agua y los moretes los que nos miraban ensimismados.

Después salimos a la carretera y nos hicimos los 10 últimos kilómetros de una forma un tanto desordenada y cada uno por su lado, unos en solitario, otros haciendo relevos y otros como les venía en gana y siempre protegidos por los todoterreno que las chavalas llevaban satisfactoria, insuperable y excelentemente, dándonos protección de los coches que nos rebasaban.

Tres Km. antes de Zagora paramos a agruparnos y a esperar a que fuesen algunos a recoger las furgonetas que habíamos dejado atrás. En la espera me empezaron a llegar conocidos de Zagora que me saludaron. Me vio uno y fue dando aviso a los demás amigos y fueron apareciendo al rato Mohamed el Mecánico, Mohamed el de la tiendecilla de forflullos, osflillos y otras bagatelas y donde siempre hacemos compras por eso de que nos timen un poco y más tarde vinieron en su motillo a saludarme Omar y Youssef y otro amiguete que andaba con su quad para arriba y para abajo sin rumbo definido.

Cuando llegaron la furgoneta y la Kangoo nos fuimos al hotel, le dejamos las llaves a Mohamed para que nos pusiera a punto nuestros coches durante la noche y tras un baño en la piscina y una suculenta cenorra nos fuimos a dar un paseo por Zagora, donde nos acompañaron mis amigos y nos dieron charla.

Martes 29


Madrugué mucho, como siempre, y me fui a pasear por la ciudad, me sorprendía al principio, pues pensé que habían quitado el famoso cartel de “Tomboctou 52 días en camello,” lo habían cambiado de sitio pero finalmente pude dar con él. Ya de vuelta vine charlando con un chaval que parecía algo aburrido y se entretuvo dándome palique un par de kilómetros. Poco tenía que hacer y le entretuve un rato.

Llegué al hotel y según iban saliendo globeros del sobre desayunamos, después salí a buscar a los amigos, que les invité a desayunar en el hotel aunque luego el dueño no nos cobró. Vino también Abduláh, charlamos, nos intercambiamos algunos regalos y me dieron las 15 bicicletas de alambre que les había encargado en España que me hicieran y que además de ayudarles económicamente siempre me vienen bien para regalar a los globeros peninsulares que por algún motivo algo les tengo que agradecer o simplemente felicitar. Bicicletas muy queridas para mi y que siempre tengo que bregar con ellos porque no me las quieren cobrar.

Una vez agrupados todos teníamos una ocupada y apretada mañana y teníamos que despabilar que luego quedaban 300 km. a Merzouga y meternos en las dunas con luz del día. Lo primero fue ir a hacernos la foto en el famoso cartel de Tomboctou y de allí a la tienda, donde nos tratarían de timar. No compramos mucho, pues no atendían mucho a razones de regate los mercaderes, así que les mandamos a tomar viento fresco y no fuimos a casa de Omar, Youssef y Abdulah a saludar a sus familiares y tomar un té, que como siempre tuve el honor de preparar tras las precisas instrucciones de Omar. El pequeño Jamsa como siempre a mi lado, sin separarse y manteniendo ese estrecho contacto físico entre los dos que luego yo tanto tardo en olvidar y seguro estoy que él también.

Seguimos intercambiándonos regalos, charlamos sentados en los kilims de sus chabolas, unas habitaciones vacías excepto un pequeño televisor y después me acerqué a la casa de Youssef a saludar a su madre, su abuela y sus tías. Me regaló una alfombra, un tajine y algunos osnoflastos más, vi algunas lágrimas de emoción y nos despedimos. Siempre me cuesta mucho irme de Zagora pero siempre hay algo que aunque lejos, siempre me mantiene unido a estas personas y cuando vuelva allí estarán olisqueando mi llegada y entre por el lado de la ciudad que entre, unos kilómetros antes de llegar ya me habrán localizado y me estarán esperando.

Fuimos al taller de Mohamed a abonarle las reparaciones pues nos había dejado los coches aparcados en el hotel pero teníamos la Dolorosa sin IVA todavía pendiente con él. Nos enseñó su nuevo tallercito que tenía bastantes menos kilos de mierda que el anterior aunque ello le hacía perder algo de atractivo. Nos despedimos de todos y seguimos marcha hacia Merzouga.

Comimos en un bar de carretera donde como es habitual negociamos con ellos que nosotros sacamos la comida y ellos ponen una Coca cola. ¡No, es broma! Siempre nos permiten comer de lo nuestros y ellos se contentan con poner la bebida y luego el té. Intentad eso en el Burguer King de España o cualquier bar y os sacan a escobazos.

Empezaron a caer unas gotas que presagiaban tormenta así que abreviamos. Más adelante la tormenta había caído ya y se habían desbordado algunos ríos sobre la carretera y que algún globero preocupado se acercó a preguntarme que iba a ser de nosotros y si podríamos seguir o lo mejor era no aventurarse y volver hacia atrás. Pudimos pasar tras probar primero con los todoterrenos que la carretera no estaba rota bajo el agua y al llegar a Rissani estaba esperándonos Alí el Cojo apoyado en sus muletas y preocupado ya de nuestra tardanza. Nos fuimos a su albergue a dejar el equipaje en un par de habitaciones que nos prestó y salimos hacia las dunas en noche cerrada ya. Antes de entrar en ellas quitamos presión a nuestros neumáticos. ¡Quitar 90 segundos a cada rueda! Nos dijo y todos obedientemente nos repartimos las ruedas y comenzamos a desinflar.

Tuvimos algunos atrancos que Alí se encargó de extraña manera de solventar y se le veía en la noche correr con sus muletillas por entre las dunas de una lado a otro dando instrucciones a todos para seguir adelante. Gas, gas, gas, gas, derrecha, ahorra izquierda, ¡¡¡izquierda, izquierda¿porrrrqué vas a la derrrecha?, no hacéis ni puto caso los esssspañolessss joderrrrr!!! Gassss gassss gassss, las joddddido tía!!!! le dijo a Chelo ciando en la noche panzó su automóvil por ir escasa de potencia.

Al final acabó extenuado y vomitando.

Llegamos a las haimas, ocultas entre las dunas y nos dieron de cenar mientras apartábamos escarabajos y polillas gigantes que nos acosaban por la luz de los lumogas. Después nos apartamos un poco hacia el pié de la gran duna para seguir la charla sin molestar a los que ya estaban durmiendo y ya nos quedamos allí a dormir al raso y entregados a nuestro orujo.

Cacique, Josete, y Añexandros subieron por la noche a la cima de la gran duna y pernoctaron ellos arriba.


Miércoles 30

Amaneció a las 6 pero ya antes andábamos deambulando y nos pusimos a trepar a la gran duna donde tras 20 minutos –aunque los lugareños dicen que se tarda una hora- vimos amanecer, luego nos tiramos dunas abajo y nos fuimos a desayunar para coger fuerza, que nos tocaba navegar por las dunas y desatrancar y bregar con nuestros coches.

No tardamos mucho en empanzar los primeros coches y Alí cogió el de Santiago que al no disponer de reductora se las veía y se las deseaba para avanzar. Este coche lo manejaba bastante mejor que los manuales, que para ponerlos en marcha y como le faltaba una pata, los aceleraba con la mano.

Los moretes iban subidos en los laterales de los vehículos y en uno de los saltos en la dunas uno se nos escapó en una curva y salió rodando lesionándose una mano.

Tardamos bastante en llegar al albergue y tuvimos que sacar arena de los bajos de los coches para poder desatrancarlos. Buenas fotos hay con todos los globeros repartidos perimetralmente alrededor del coche sacando arena o empujando.

Ya en el albergue nos dimos un baño en la piscina de aguas putrefactas y nos pusimos en marcha con nuestras bicicletas para iniciar nuestra travesía por el desierto.

Llegamos a un lago que las grandes tormentas de junio todavía mantenían con agua, después llegamos al poblado de los negros, negros zainos, no digo más. dejamos las bicis allí tiradas en la aldea pues no hay problema de que nadie nos las tocara aunque estaba lleno de chavales y entramos en una casa donde nos invitaron a te y nos dieron unos bailes típicos de no se donde.

Seguimos camino y nos dispersamos bastante, pues hubo un atranco de un coche rezagado y tuvimos que echar cerca de una hora en preparar el desatasco. Al final nos agrupamos en una vieja concentración de casas que parecía una antigua explotación de minas y junto a un pozo comimos y nos refrescamos.

Nos apremió Alí, pues quedaba mucha ruta y se nos echaba encima una tormenta de arena. Al final nos alcanzó y metidos en ella tuvimos que pedalear en condiciones muy duras durante bastantes kilómetros. Tratábamos de llegar a un campamento nómada, lo que conseguimos después de unas horas. Los nómadas nos ofrecían de sus dos covachas una de ellas, pues en la otra acababa de parir una mujer. Convinimos que podíamos dejar allí las bicicletas y los víveres allí, para hacer hueco en los coches para podernos trasladar los 21 en los cuatro coches y en hora y media podíamos llegar al albergue y dormir a salvo de vendavales y simunes. Ya al día siguiente volveríamos y descansados y con la panza llena retomaríamos la ruta.

Llegamos al albergue entre la tormenta y ya cuando calmó nos dimos un baño y quedó una buena noche para cenar fuera.

Nos fuimos a acostar, yo dormí en la piscina y algunos más hicieron lo mismo pues las habitaciones concentraban mucho calor.

Jueves 31


Desayunamos, nos dimos un baño y excepto Bijoux, Cacique y Chelo Ché que se quedaron en el albergue descansando, desandamos el camino del día anterior para retomar la ruta. Agradecimos a los nómadas su hospitalidad, algunos fueron a visitar al bebé y seguimos ruta hasta otro poblado donde nos guarecimos del sol en una vieja construcción de adobe donde nos invitaron a te y nos dieron un lugar donde comer.

Seguimos ruta, estábamos todos un poco separados y los coches iban y venía para darnos apoyo y bebidas isotónicas, así como pasarnos algo de agua que puesta en las rejillas de los aireadores del aire acondicionado estaba algo más frescas que las de los camel que andarían por encima de los 50 grados, temperatura ambiente. A mi se me hizo soporífera la ruta, siempre desierto abierto y a ritmo lineal ya no sabía que hacer para mantenerme despierto sobre la bici. Jugué un rato a ir durante un minuto con los ojos cerrados y en uno de los intentos me dirigía hacia la única piedra que había en el desierto y tuve que ser advertido para no endilgármela. Inevitablemente me dormí encima de la bici y pegué un par de cabezadas por lo que aburrido decidí subirme a uno de los coches y dormir más cómodamente. A media tarde llegamos al albergue, donde nos bañamos y descansamos.

Curiosa negociación nos contó Alexandros en la que un muchacho que siempre estaba apoyado en la misma pared del albergue vendiendo cuatro fósiles, Alexandros le ofreció un GPS a cambio de un pedrusco.

¿Y para que sirve eso? Preguntó.

Pues es una máquina que siempre que vas a algún lado te indica donde estás.

¡Ah! No me sirve para nada, yo siempre o estoy en mi casa o estoy aquí, así que prefiero dirham.

Después de la cena nos tomamos unos orujos charlando con la gente que había por allí y nos acostamos. Comenzó a llover, unos gordos goterones, pero de todas formas preferimos dormir en unos colchones que nos habían preparado en la cubierta del albergue y donde puedes ver las estrellas hasta que se te plieguen los ojos.

Viernes 1


Me esperaba Mohamed en Rissani para ir a los comercios y así poder hacer todos las compras y compromisos que teníamos que regalar. Nos lo encontramos a la entrada de la ciudad y fuimos a la tienda en una polvorienta y andrajosa callejuela donde no se te ocurre meterte tú solo. Nos dieron una charla sobre las diferentes tribus que habitaban el país y de las alfombras que cada tribu confeccionaba dependiendo de sus necesidades y de sus posibilidades de hacerlas si eran nómadas o no.

Nos entregamos a la pasión del regateo y luego nos invitaron a comer en la misma tienda unas pizzas marroquíes. Salimos hacia Erfoud donde nos acompañó Mohamed al taller de los fósiles y donde me encalomaron un pedrusco de 30 kilos lleno de caracoles difuntos y mayormente viejos por demás.

Nos despedimos, le prometí que la próxima vez iría a su albergue y seguimos camino hacia el Pelos, el hotelucho de 3 cucarachas y media que regenta un tipo con chilaba y fez rojo que no se lo ha quitado desde que nació.

Apartamos los matojos de pelos de las camas, matamos algunas cucarachas, las más lentas, y nos fuimos a cenar después de discutir con el único marroquí que nos dio la brasa y que por cierto, llevaba 9 años viviendo en España y algo tuvo que ver ello en nuestra discusión.

Nos pusieron pan con cucarachas que se nos esparramaron por la mesa corriendo despavoridas por el mantel en todas direcciones y que a algún melindroso le quitó el apetito, así que algunos decidieron hacer dieta. Yo me lo comí todo, que para algo estaba en el plato ¡pardiez!

Yo no tenía ganas de dormir bajo techo así que apalanqué mi catre a salvo de cucarachas y sapos y dormí en la piscina.

Sábado 2


A la mañana siguiente no sentamos a la mesa sin encontrarnos una cucaracha, sacamos las moscas de la mermelada y nos tomamos un buen desayuno.

Cambiamos las horas de nuestros relojes para ir habituándonos al horario español y sobre las 11 hora española salimos hacia Melilla, antes gestionamos un trueque de bebida que ya habíamos hecho anteriormente. Dado que nos sobraba mucha agua, íbamos cambiando por los lugares 12 botellas de agua fresca por 18 de agua caliente que llevábamos en nuestros coches. Ellos se llevaban 6 botellas de comisión y nosotros agua fresca al gaznate.

En otra negociación alguien perdió su gorra para rematar el trueque y creo que era de marca la chapela.

Llegamos a la frontera a las 6 de la tarde. Antes paramos en un par de sitios, primero a tomarnos un te a la menta y después en el tugurio de siempre a comer una carne picada, unos pinchos morunos y unas ensaladas, acompañados de coca colas y de te y café y donde salimos por 90 euros los 20, con seis kilos de carne que pedimos.

En la frontera se enrollaron bien y en algo menos de una hora pisamos España. Fuimos al puerto, donde los picoletos se enrollaron bien y nos dejaron aparcar los coches junto a ellos para vigilarlos.

El buque que nos debía llevar a la península se averió viniendo hacia Melilla, por lo que debía zarpar otro desde Almería y eso suponía un retraso de dos horas, así que nos fuimos a pasear por la ciudad y a que Ismael, el timador de Melilla, diera buena cuenta de nuestros dirham en su asqueroso bazar.

A mi me vendió una radio que no me sirve para nada y a Cacique y Josete unos caretos que luego no sabrán para que los han comprado ni donde ponerlos, pero Ismael es así, un melillense que te vende arena en el desierto y que nada podemos hacer por escapar a sus timos.

Conmigo estaba obcecado en endilgarme todas las cosas que llevaba algún lustro largo sin vender a nadie y que solo le faltaba poner el precio en duros pues ya lo tenía en euros y en pesetas. Ya con los bolsillos pelados y después de hacer el teatro conmigo de que le había arruinado y sacarme a empujones de su antro, se despidió de mi a voces, gritando que si quería las llaves de su local que era lo único que le quedaba ya por perder. ¡Que sinvergüenza tan simpático, el Melillense más timador y jeta de Europa y África!

Nos tomamos unas cervezas en una terraza y nos fuimos a hacer el moñas a las fiestas, donde jugamos a los dardos, a mi me tocó un jumulu y montamos en los coches de choque. Luego nos tiramos en medio de la plaza a comernos los bocatas y nos fuimos al barco a pasar el control de droga y embarcar.

A la una y media zarpamos y después de estar en la popa un rato de pachanga nos fuimos cada uno a nuestro camarote aunque algunos alargaron la farra hasta altas horas de la madrugada.


Domingo 3


Atracamos a las 8:15 y nos estaba esperando Miriam para ver a su pollo nos fuimos al centro de la ciudad donde en una callejuela desayunamos y le dedicamos una canción a Ender y Miriam los enamorados del foro, con un meritorio que andaba por allí aporreando un acordeón.

Para las 10:30 nos pusimos en marcha y cada uno a su bola nos agrupamos en Aranjuez donde comimos junto con Buzzi que vino a recibirnos.

A las cinco nos despedimos y cada mochuelo a su olivo. Espero que más pronto que tarde esto se vuelva a repetir porque es único y especial. Ilsaláh.


autor: Ignacio
fotos; Dr.Cacique
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